CARLOS LÓPEZ DZUR • ESTETA CARIBEÑO-CALIFORNIANO Y PEPINIANO

MÉIKER DEL MAPOE Y EL TOQUEN
Yo admiro al máster Carlos López Dzur por que es un poeta de altura, rabiosamente lírico, hábil méiker de poesías profundamente filosóficas. La verdad sea dicha, su poesía no es como suele en estos días concebirse: una distracción de la estética, ni genero bárbaro, ni tampoco infantil, para usar una frase del cieguito argentino que le rendía pleitesía al Pinochet. Poesía razonadora pero también imaginativa. López Dzur no pierde su tiempo en temitas pinchis, es decir en mengambreas pueriles e insignificantes.
El arte se impone en función de la conciencia. «Hay que montar guardia permanente a las puertas de la sensibilidad para no dar acceso a esos momentos enfermizos cargados de idiotez y para entorpecer el trafico de las cursilerías.
Insistir en cultivos mediocres o en la transfusión de glóbulos blancos; hacer injertos burgueses, o acepillar todos en la misma tabla para sacar idénticas virutas es mostrar una esplendida capacidad para dar vueltas a la noria. Nadie puede ya interesarse en un dolor de muelas amoroso, ni en la tristeza prehistórica de los veinte anos, ni en esas calcomanías de paisajes, ni en los acrósticos infames, ni en las andrajosas décimas jíbaras mas pesadas que un paquidermo» [Antonio S. Pedreira, Alarde y expresión, p. 81, 82]. Estas palabras, escritas por en los años 30 del siglo XX, y que provienen de la pluma de don Antonio S. Pedreira, parece que fueron injertadas en la poesía del máster López Dzur; encauzamiento que sin mucha facundia se patentiza a lo largo de toda su chorrométrica producción literaria.
Y es que, parafraseando a Benedetti cuando habla de Felisberto Hernández y de su «caballo perdido», el poeta pepiniano también se las vive levantándole las polleras a cuanta mengambrea se le aparece; a las cosas, a los temas, a las almas.
Poesía como reacción de aquello que le atrae y le repugna.
«Autoritarias cortes
de Trastamaras, Habsburgos y Saboyas
y gentes con voces exquisitas,
que han dicho sin gratitud alguna:
sóis plebeyos, gañanes, mirad al cielo,
esperad en rodillas,
y así olvidamos, como pueblo,
que más vale saber lo que conviene
que hallar belleza intelectual de sabihondos
y cortesanos que escriben en latín
sus idioteces y el hatajo de sus vanidades
en neoclásicas rimas,
o manifiestos babiecas
que dan asco...»
Falseamiento
Si hasta don Máikol de Unamuno hacías sus muinas allá por el año 1900, cuando en una carta que le escribió a Jose Enrique Rodó, renegaba que en gran parte de literatura hecha en América no circulaban ideas, y que predominaba en ella chingadera y media como «abalorios, juguetes chinos y cuentas de cristal».
Esto sucede cuando los poetas comen mucho ángel en mal estado, según decía en broma el valiente Roque Dalton, y con quien, dicho sea de paso, nuestro poeta invitado se haya emparentado en versos y actitud. Leamos un poema del rebelde vate salvadoreño como prueba de ello:
«Patria dispersa: caes
como una pastillita de veneno en mis horas.
¿Quién eres tú, poblada de amos,
como la perra que se rasca junto a los mismos árboles
que mea? ¿Quién soportó tus símbolos,
tus gestos de doncella con olor a caoba,
sabiéndote arrasada por la baba del crápula?
¿A quién no tienes harto con tu diminutez?»
Roque Dalton, El alma nacional

ESTRUCTURA Y SUPERESTRUCTURA
Se puede dilucidar sin dificultad alguna el nivel histórico-literario en la poesía de López Dzur, apartándose de la conceptualización estratificadora del funcionalismo sociológico. La literatura como expresión del arte, y este como parte integral de un determinado desarrollo cultural, no puede desvincularse de su base material. Negar este fenómeno seria como negar la difusión ideológica en los circuitos de los medios de comunicación. Hay una dinámica en todos los procesos de formación socioeconómica que incide en el ámbito de la creación artística y en general en las actividades de la vida cultural (pero tampoco esa incidencia equivale a un determinismo de influencia inmediata en el que, por ejemplo, los intereses políticos condicionan de modo directo los hechos históricos).
¡No sé, mi corazón ha dependido del petróleo
lo mismo que este llanto y esta muerte
que me revuelca dentro el Sueño Americano!
Letanías por Osama bin Laden, 5 las cruzadas
Así como el costumbrismo literario es un romanticismo que llegó como viejo enclenque al realismo decimonónico, de esa misma manera el solipsismo es un engendro de la sofistica que no llegó a ser dialéctica. En la poesía de López Dzur encontramos una transfiguración estética de varias filosofías, o mejor dicho variadas concepciones filosóficas, e incluso actitudes mentales de la idiosincrasia popular representadas en su grado ínfimo de cultura. Prevalecen tanto los modos de pensar populacheros de igual forma que el intelectualismo abstracto de origen libresco.
Sin embargo esta aparente contradicción es superada y disuelta gracias al sentido histórico-critico de su obra poética. Otro dato: hay ciertos pasajes en la poesía de Dzur que la hacen declinar hacia la alegoría sociológica y política, pero su capacidad creadora logra que se mantenga en su altura expresiva (fuerza y encanto).
En los poemas de Dzur vemos cómo la temática histórica se asocia y se nutre de contenido emocional, de vigor refulgente. Sugerencia anecdótica como factor básico y unificador de su poesía. Y viene un fragmento de «Cleopatra», no la ruca sino el poema así bautizado; una exposición emotiva de sucesos que no necesita apoyarse en las muletas del embellecimiento ni de la ornamentación.
Escribir un poema de amor
que se parezca a ti, imaginar tu vida
sin juzgarte cuando, aquí te han descrito
impúdica, antojadiza, casquivana...
es conectarse a frutos espontáneos de tu ser,
sea cual fuere el delta de tu ser
y más allá del desierto del Sinaí,
olvidar la invasión de Carlomagno
y que has muerto, mordida
por un áspid.

CUANDO LA VIDA ES UN CHINCUAL
Carlos López Dzur es un poeta-narrador que no tiene inconveniente alguno en aceptar su condición de escritor impagable, de ahí que su literatura esté a disposición de cualquier voyerista de la palabra; el impulso verbal llega a su destinatario en forma gratuita; permite que el lector acceda a su vitral semántica a cambio de nada, únicamente basta con que sea poseedor del entusiasmo y del gusto por chutarse un bocado, bacanal o taquito de buena literatura.
Mientras unos lectores (borregos del top ten) pagan un guato de lana por un libro estúpido y tedioso, en el caso del máster López Dzur —cuyas convicciones se materializan a la manera leninista de concebir la unidad inseparable entre la teoría y la práxis; y es que asume un actitud herética de desobediencia a los dioses de la mercadotecnia cultural. López Dzur no únicamente planea vuelos abstractos sino también suele aterrizar en lo empírico, pues le arrima chingazos a las costumbres consumistas implantadas por el pragmatismo irracional. Aunque, como lo señalaron los chakas de la escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer, resulta difícil escabullirse del juego consumista, de la engañosa trampa ambivalente y ambigua que hay entre el «ser» y el «tener».
La mayoría de los libros de López Dzur se encuentran disponibles en páginas web, basta con cliquear la directa de su websait para toparnos con su kilométrica producción literaria.
Obras que comparte con la perrada son algunas de éstas:
«La Generación del Setenta», «Lope de Aguirre y los paraísos», «Los dioses falsos, «Memorias de la contracultura», poemas, «Comevacas y Tiznaos», ensayo, «Las zonas del carácter», poemas, «Estéticas mostrencas y vitales», poemas, «Heideggerianas», «Tantralia», poemas, «Libro de la Guerra», poemas, «El hombre extendido», y etcé.
Recientemente el máster López Dzur acaba de colocar en las páginas electrónicas de su chichi de vidrio su última novela titulada «Berkeley y yo» (http://espanol.geocities.com/baudelaire1998/berkeleyIndex.html).
En nuestras miserias locales la inconveniencia antes señalada no va más allá de una andanada de cacayacas, y hasta el escritorcillo de cuarta fila que ya ha publicado en texto de papel su desabrida palabrería lejos está de transitar libremente —sin el interés de la marmaja— por los conductos de la tripledoblevé. Abundan los luminares de la falsa contracultura que gracias al charlatanismo, al chupapollismo y al cuatachismo han contribuido a engrandecer los basureros de papel y a dar de comer a los roedores con sus ramalazos de opacidad literaria que no logra establecer conexión con la pelusa deseosa de leer. Y es que estos escritorcillos vivales son dueños de un hermetismo deliberado y de las antinomias manejadas por comodidad.
Y, además, los cabrones han publicado libros que ni siquiera alcanzan el mínimo rango en los estatutos de las mercancías rentables en la industria editorial. Y aun así, no son capaces de subir a la red por lo menos alguna de sus botargas infumables. ¿Porqué lo van a hacer? Eso sería como mentar la soga en la casa del ahorcado. Estando así el birote, los chavales no pueden ocultar su preocupación por el biyuyu. Pobres cabrones, en teoría desdeñan el orden mercantilista y en la práctica tienden a identificarse con tal sistema de explotación vertical. Y recogiendo el gran listado de figurines de la cultura y letras que describe Rubén A. Arribas en su ensayo «Desobediencia cultural frente a los dioses de la mercadotecnia» vemos cuanta gente se acopla a los engranajes de esa nefasta vendimia que impide que la literatura no llegue a la chinchina popular. Ni son todos pero aquí van algunos: «sesudísimos ensayistas, inextricables filósofos, novelistas de cualquier laya, poetas malditos y de culto, amantísimos del cuento, intelectuales teleidiotas y románticos letraheridos de los medios gráficos, algunos incluso izquierdistas de pelo en pecho, aunque, eso sí, toditos a precios de libre mercado: las putas caras y de pocas páginas de Márquez; la churrería novelística que parece haber montado Paul Auster; los nuevos ensayos de Castoradis, Eco o Bourdieu; también los novísimos libros de Tabucchi, Gore Vidal, Kapuściński o Caetano Veloso; Derrida por aquí y Barthes por allá; también un poco de Lacan, o de Cortázar, quien muerto vende los libros más caros en Alfaguara que cuando presumía de zurdo en Cuba o Nicaragua; o cualquiera de los infames volúmenes póstumos —Guirnalda con amores, sin ir más lejos— que le están editando al también extinto Bioy Casares, quien gracias a la política ratonil y taimada de Emecé se convertirá en un escritor entre mediocre y pésimo. Y uno, que es cándido, pazguatillo y timorato sin remedio, que se compró por 0.50 centavos de peso el suplemento cultural de turno, que tiene un largo haber de libros cerrados antes de la página 50 y que observa cariacontecido que pocas novedades cuestan menos de 30 mangos, se pregunta: ¿vale la pena arriesgarse de nuevo? Con razón los divos de la cultura porteña cobran alrededor de 50 pesos la hora en sus talleres particulares: ¿de dónde financiarse si no la biblioteca? ¿Por qué nadie protesta, ni siquiera los autores que presumen de marxistas, que aceptan el premio Nobel y luego publican en una multinacional? ¿para quién escriben, para ricos burgueses que tienen el poder adquisitivo necesario?, ¿para refinadísimos esnobs y estultos académicos que se creen una suerte de logia masónica de la cultura y que se envanecen sin rubor de ser una caterva de ignorantes ilustrados?, ¿para quién?» [Revista Teína, 8].


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