Friday, September 15, 2006

ALEJANDRA MARTÍNEZ * POETA EN CIERNES




«Ahora, ¿por qué tendré que arrodillarme
ante el Chavo del Ocho de las cursilerías,
oler el pedo de la linda Lucero,
creer que Raúl Velazco es un iluminado?»

Carlos López Dzúr


CUANDO EL TALENTO SIRVE PARA COMPLICAR EL VERSO

No está de más echarle un vistazo a algunos miembros (en este caso se trata de una miembra) que pertenecen a la generación de los cachirulos y que han decidido, por angas o mangas, tirarse a escribir en lugar de aventar estiércol como lo hace la mayoría de los chamacos nacidos en la década de los años ochenta, que a decir verdad, cuando muestran su lirismo parece que cargan una sensibilidad adiestrada y terminan por ofrecer como material «poético» un engrudo de mentecateces cursis y vulgares, retahíla de boberías a las que hay que sacarle la vuelta.
Caso contrario sucede con esta chamaca de apenas de 17 abriles, y que a pesar de ser beneficiaria de la imbecilidad cultural que permea en este culo de San Diego ha logrado escribir una poesía más o menos decente. Pero hay que estar conciente que la Alejandra aún no puede ser catalogada como una poeta en el sentido estricto del término, pues todavía es una chinche menor en el arte de la poetiada. Por lo pronto, su mérito de poeta en ciernes no radica en la profundidad de su discurso lírico, sino en la finalidad que representa el ejercicio de abstracción de emociones y vivencias que registran sus poemas. No intenta ofrecernos algo más que sus sentimientos y emociones personales, especie de combustión espontánea que brota del alma; ímpetu desbocado, fragmento del mundo, expresión de la vida cotidiana.
Antes de empezar a meterle hachazo a la poesía de esta morra recién salida del cascarón, y que hoy ha venido ha participar en la reyerta de los monos verbales u «homo ludens», pondré a ojos de los lectores un poema que se avizora ya el preclaro lirismo con sus altas bajas.
Es una pieza elaborada con agilidad verbal pero sin posturas desmesuradas ni rimbombantes; de existencialismo suave porque se aleja del discurso perturbador de los poetas viscerales que se muestran despiadadas con las musas o terminan embriagados con la pudibunda banalidad.


SUSURRANDO BEFAS


Realidad flotante, incierta,
un descanso, un escondite
burlas…
irónico, errar es divertido.

La elección ante todo,
renunciar es un error,
befas…
porque al dejar de ver la superficie
encontraremos la verdad,
la identidad.

Ser invisible,
mudo a los ojos del mundo,
falacias,
verdades que se ocultan,
la salvación.

No hay tiempo que desperdiciar,
podrías morir sin trascendencia,
morir en el silencio,
con la añoranza en vuelo
y en los labios una mariposa.

Porque somos un instrumento del entorno,
un trozo de lo que fue,
y la parte bella de un mundo que no existe,
porque el sufrimiento nos define,
somos exactamente lo que más odiamos,
el producto de lo que detestamos,
la negación de lo que amamos.

Somos lo que somos,
y por ello nos justificamos,
la impaciencia no resurge,
no cabe en nuestros pasos.

Desaliento,
la no vigilancia,
sin celos ni desconfianza,
porque el lazo iba más allá de la fidelidad.

Complicidad,
símbolo de nuestra libertad,
de nuestro juego,
complicidad,
cosas que sólo conocemos tu y yo.

Las palabras antes de todo,
y después nada,
en el recuerdo sólo quedó la llama,
alguna imagen,
pero no las palabras.

Los planes en marcha,
el mundo afuera sigue su curso,
y nos recibe tranquilo e incauto,
ignorante de ti y de mí,
gira sin percatarse de nuestro devenir.

Y a la vuelta nada es distinto, nada es igual,
nada se parece,
no es similitud,
se trata de lo mismo que fue,
pero es otra verdad.

La intensidad,
de lo que deja marca en el alma
y queda escrito en el silencio,
sin alardes,
sin perfección, el mundo es infinito.

Preguntas,
después del tiempo y la distancia
despecho y despedida,
fingir estar bien,
vivir como autómata,
porque ya nada tiene sentido.

Con las últimas huellas del amor,
el soñar despierto,
el irse y buscar a alguien más,
el qué más da.

Pero sobre todo la similitud,
el quedarse igual,
el extrañar lo que nunca se fue,
un encuentro inesperado
con la vida vuelta a hacer,
y la certeza de la última vez
la misma herida que se abre
y se vuelve a cerrar.

El impacto de mirarse
y entenderlo todo,
y no entender nada,
los recuerdos...
y la distancia.

Un juramento,
desde siempre y hasta el final,
el destino que inevitablemente aguarda,
todo lo que nos impide ser,
si tan sólo el juramento bastara.

Aquellos minutos de compañía
el mundo que no se enteró,
un futuro que se desvanece,
ese juramento que prevalece,
y que nos mantiene unidos
para firmar la muerte y rehacer la distancia •




UN NIDO SIN PÁJAROS

Si el anterior poema me perteneciera yo lo habría titulado simplemente «El hocico de los burlones» o «El hocico burlón», para que la profusión del sentimiento y el efecto emocional no se trasmuten en intelectualismo artistoide. Asfixiar con esa clase de palabras, que están a punto de despeñarse en el abismo de la pedantería retórica, no es culpa de la autora sino de los pachorrudos «maestros» que continúan oteando las fórmulas de la preceptiva rancia que les metieron a punta de varejonazos sus nefastos profesores, creyendo que la poesía de hoy es igual que la de ayer. Lo que deberían hacer esos académicos mamones —autoengañados con la idea que repetir es crear— es propiciar en el alumno o discípulo el gusto por la metáfora y no adoctrinar con meras habilidades técnicas de diccionario y folletines baratos que recetan para erigir en poeta a cualquier pichón rimero.
Entre más rústica, sencilla y natural sea la poesía se vuelve más atractiva. El poeta que macera la palabra con altivez, con afán de deslumbrar por medio de vocablos rebuscados, atarantado en los vericuetos del formalismo abstracto, pocas veces rebasa la condición de tejedor de puñetas mentales. Y ese tipo de poeta, por desgracia, es el que abunda; y tan superficial que se engaña creyendo que la vida se ha enamorado de él; individuo poco menos que mediocre cuando se manifiesta como hacedor de versitos aburridos, escribiendo en momentos de ocio u aburrimiento, sin más inspiración que el usufructo robado a esa anciana soberbia llamada vanidad.
Como en varios de los poemas de Alex, la estructura de «Susurrando befas» corresponde a una imbricación de voces que se fueron agregando mediante la relación asociativa de palabras, siguiendo y entrecruzando diversos trayectos mentales, un plan fijo y prestablecido de forma conciente, en ocasiones, y en otras, mediante la inserción de conceptos acumulados por intuición hasta lograr su unidad o asentamiento definitivo. Y así se conforma el poema, como una composición (mejor dicho con exactitud: como una anticomposición) elaborada con elementos fragmentados que concurren a formar una pieza literaria muchas veces sin unidad ni especificidad temática con las posibilidades de reducirse o ampliarse (y por qué no, de ser complementada también por el lector a la manera de un hipertexto que se bifurca y se ramifica hacia la plurivalencia de signos).
«Susurros de befa» es un poema no secuencial, inestable, que carece de inicio, centro o conclusión. Collage y pastiche en su sentido más clásico, ad hoc con la red abierta del sistema cibernético. Subjetividad que se rige por el mundo bits, sin ideología y con ideales —cuando los hay— patéticamente desordenados.
La poesía de Alejandra Martínez, no obstante su estimulante fuerza de vitalidad, declina en malabares universales, símbolos de una realidad evanescente. Y, en efecto, cuando el objeto verbal prescinde de la intensidad estética, sea porque en su elaboración estilística se atiende más a su sentido de reflexión, de saber, de pensar, de explicar, difícilmente puede definirse como creación poética. Ya lo dijo el viejito ciego y fascista, autor de Historia universal de la infamia: la razón es poco convincente para la poesía. «Creo que Wihtman dice en alguna parte que el aire de la noche, las inmensas y escasas estrellas son mucho más convincentes que los meros razonamientos» [Arte poética, seis conferencias].
En sus estancias idealistas, la poeta en ciernes, descubre que ante flagelante materia es preferible ser una escéptica, una metafísica o una fatalista. Es decir, asirse de cualquier instrumento que permita echar vuelo hacia otro lugar donde el espíritu no se manche de mundanidad: «porque somos un instrumento del entorno»; «al dejar de ver la superficie encontraremos la verdad, la identidad»; «porque el sufrimiento nos define, somos exactamente lo que más odiamos, el producto de lo que detestamos, la negación de lo que amamos».




LOS CONSEJOS DE UN COMPLETO INCOMPLETO


Y en cuanto a la materia prima del discurso, ¿a qué derroteros llega? Pues anda de capa caída; el despliegue natural del verbo se haya forzado a permanecer inactivo, quizá por afán —tal vez inconciente— de que funcione como un sustantivo abstracto; ejemplo: «el quedarse igual, el extrañar lo que nunca se fue»; «con la vida vuelta a hacer».
La morra debe cuidarse de no incurrir en el fatalismo determinista, la categorización absoluta y pesimista de concebir el mundo: «...ya nada tiene sentido»; «...mirarse y entenderlo todo, y no entender nada»; «en el recuerdo sólo quedó la llama».
Aunque tales alocuciones se combinen con expresiones que reflejan un voluntarismo dinámico, ejemplo: «la elección ante todo»; «encontraremos la verdad», que, si bien es cierto, representa un tenue destello de convulsión animosa más propensa a fenecer eclipsada por la fatalidad, virus existencial que no mata pero tampoco deja vivir.
Una poesía puramente contemplativa es una poesía sin vigor; se vuelve anacrónica inmediatamente, porque la pasividad la enferma y la envejece. A mas de que se encuentra cargada de signos de pesada abstracción.
Si un poeta pretende elevar su discurso poético sin considerar que el espíritu es la envoltura de la materia, o como decían los materialistas griegos —atomistas—: concebir el espíritu como materia en movimiento, tarde o temprano sus versos comenzaran a oler mal.
Claro que tampoco el poeta debe escribir para que lo lean, el yo lírico no tiene más conocimiento su propia existencia; si es bueno y auténtico, los lectores lo encontrarán, él no necesita buscarlos. Ninguna importancia tienen los lectores para el poeta. Quien escribe buscando lectores se condena a escribir cualquier cosa, menos poesía. Si el poeta es virtuoso y cauto con sus atributos estéticos, lo más que puede hacer es sugerir, nunca explicar un poema (sería como la madre que cobra por el amor que le prodiga a sus hijos). De otra manera su poesía no podrá desgarrar el alma del agente receptor como si fuera el colmillo de un jabalí. Y para ese caso, poetas marqueteros son los que abundan, a ellos pertenece el dominio de los «happenings» y los «performances» donde el verdadero artista parece desdibujarse para dar paso a charlatanes desideologizados a quienes da lo mismo pertenecer a un club de borrachos que a un partido político. En otras palabras, la utopía desplazada por la fantasía.
El máster Eduardo Subirats, en «Metamorfosis de la cultura moderna» (1991) señala los aspectos inherentes a este tipo de julanos: «La pasividad y el aislamiento, y e condicionamiento emocional ético y cognitivo de las personas; la perdida de autonomía tanto psicológica como intelectual del sujeto humano; su manipulación programada con fines publicitarios o propagandísticos, y, por tanto, de dominacion económica y política respectivamente; en fin, la desintegración de las identidades históricas, psicológicas, urbanas o culturales».

A continuación dos poemas de la morra:


ARMAS DE REMEBRANZAS


Alguien dijo una vez
que la soledad de las multitudes
es por mucho la más cruel.

Una amiga tocó a mi puerta
y narró la historia de su vida,
era una extraña antes de ese día,
pero sus palabras me dieron sabiduría
comprendí que amar es una osadía.

Alguien dijo una vez ,
que estar justo al lado
es la peor forma de extrañar.

Ella vino y franqueó la distancia,
sin lazos y con sólo su alma,
la amistad surgió de la nada,
de pronto su ser estaba en mis manos
y yo me sentí confiada de poder ayudarla.

Y es que alguien dijo una vez,
que llorar tanto es vano,
que no tiene sentido sufrir tanto daño.

Pero aquella doncella vino con una sonrisa nueva,
me hizo ver entre las líneas de su llanto,
y descubrí que lo vivido es un arma contra el fracaso,
un sable que puedo poner en sus manos…
y que contra el desamor no será del todo vano.

Las viejas voces del ayer
han dicho una que otra vez,
mentiras y verdades, pero hoy consigo entender.
Como ella, mil podrán disponer
de aquellos días sin gracia,
y de mucho por perder,
yo se que en el mundo hay sombras que buscan el saber…
y se que por mi hice poco, pero hay mucho por hacer…



HUELLAS…

Hoy pase por el umbral de tu hogar,
se encendieron mis ansias
y procure no recordar,
en mis ojos el rutilo no dejar escapar.

Hoy ante el umbral
de mis sueños y tu verdad,
vi en la arena huella ajena
y sentí el alma llorar…

Hoy viendo a esos cristales,
calzar otras penas
sentí que te me ibas,
que dejabas profanar
esas tardes juntos, aquella forma de amar.

Las huellas no eran profundas,
pero azotaban con penuria,
atacaban la ternura,
mancillaban la censura.

Corría el viento frío,
igual al de las noches en que fuiste mío,
corría y me daba alivio,
sintiendo cerca tus desvíos…
corría el viento y domaba tu recuerdo
y en la arena limpiaba el sendero.

Virgen de huellas el umbral de mis ensueños
y vista arriaba, rostro en alba…
mis ojos vislumbraban tu morada,
en tu puerta mi esencia impregnada,
en marfil mis manos grabadas…
sobre piedra eternas brillaban.

Lo que fue piedra ahora es arena,
tal vez el viento esculpa la piedra
y en cenizas éste amor se convierta,
mientras tanto mi amor deja huellas,
de las que ni en mil años tú te liberas.

Mientras tanto mi vida es quimera,
y tus huellas en mí
son sobre piedra,
piedra que nunca será arena:
por ser diamante…
será polvo de estrellas •